Editorial: El Tiempo de la Educación ha llegado

Hace 13,000 millones de años, fue nuestro cumpleaños cósmico, una singularidad, un evento fortuito que contra todo pronóstico hizo que naciera el Universo, nuestro hogar, en el que habitamos todos como especie humana.

Éramos bacterias, microbios sin mucho desarrollo que vivían en las aguas primitivas de nuestro planeta, luego evolucionamos a organismos más complejos, y llegó el momento en el que nos levantamos de esas aguas para volvernos seres primitivos, hasta que un día nos convertimos supuestamente seres pensantes.

El tiempo, un concepto abstracto que va más allá del entendimiento humano, considerado por muchos en la antigüedad como un proceso cíclico que se repite Ad Infinitum.

Viajar en el tiempo, regresar al pasado o viajar al futuro es tal vez algo que hacemos a diario sin darnos cuenta. Viajamos al pasado cuando observamos a nuestro sol, que se encuentra a 150 millones de kilómetros de nuestro planeta, y su luz tarda 8 minutos en viajar hasta la Tierra y nosotros poder observarla.

Viajamos al pasado cuando miramos el cielo estrellado en la noche, donde el destello de muchas de ellas, estrellas; puede ser no más que la luz de un muerto, una estrella que hace miles de millones de años dejó de brillar y esa señal de vida demora todo ese tiempo en viajar a nuestro planeta.

Creemos que el destino predispuesto no existe, pero muchas de nuestras acciones ya fueron definidas por algo que todavía no entendemos qué es en su totalidad, ni comprendemos la razón de nuestra existencia humana.

Llegamos a este mundo sin saber el por qué, la razón, el motivo, tal vez entendamos la circunstancia, pero cada ser tiene una misión, que no es la de pasar por el cosmos consumiendo oxígeno y expulsando dióxido de carbono, como muchos nosotros, los humanos.

Inmediatamente nos damos cuenta de que el futuro no está asegurado, ahora estás leyendo esto sin saber si existirá un mañana, o tal vez un presente e incluso aquel anhelado futuro, he ahí lo efímero de nuestra existencia.

En ella nace nuestra fragilidad como especie, aunque en ocasiones pensemos que somos fuertes, pero antes que nosotros muchos otros habitaron este planeta, hay solo que regresar al pasado y ver como en cuestión de un abrir y cerrar de ojos, un objeto fuera de este mundo impactó y acabó con todo a su alrededor, incluyendo la vida.

Somos nada, ante aquel cosmos cuasi infinito en el que sí podemos decir que somos es un pequeño pálido punto azul.

Sin embargo, a pesar de ello decidimos separarnos por líneas imaginarias llamadas fronteras, diseñadas por el hombre, con el único objetivo de diferenciarnos, algunas veces distraernos o buscar culpables para no ser capaces de aceptar nuestra propia culpabilidad y aludir que somos víctimas de las circunstancias.

Las fronteras del conocimiento han de ser anuladas, para que este sea un ave que vuele libre por aquel mundo en el que estamos condenados a explorar en su completitud, todo esto unido con el simple hilo conductor del entender que el Tiempo de la Educación de Calidad, Libre, Gratuita, Inclusiva y Humana… ¡Ha llegado!

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